Las plazas de toros tienen sus defectos. Es algo normal. El paso del tiempo, la erosión, el poco uso, el desgaste, la calidad de la pintura, el acetato de las vallas publicitarias, la decoloración del albero, el blanqueado de la cal, el detritus de las pipas, el resencio del hormigón, el abono de los chiqueros o las cenizas del callejón son algunos ejemplos. Las plazas de toros tienen sus huecos provisionales, los creados por la escuadra y cartabón de los arquitectos; dibujados sobre las sombras que crea el tendido y la luz que proyecta el sol. Existen huecos técnicos; las taquillas, que dejan pasar la mano para retirar los abonos previo pago, las rendijas por la que se desagua la sangre del toro, los huecos de los vomitorios, los huecos de hormigón de las cáveas interiores que dejan pasar el aire y el murmullo de los reventas, los huecos del burladero, espacios medidos para que raspen culos y testículos en caso de susto del morlaco. También están los huecos por donde entra el torero, el patio de cuadrillas, y por donde sale el toro, el patio de arrastre. Pero existen algunos huecos naturales, los improvisados, los creados por los cuernos de los toros, las coces de los caballos, el roce de los caireles sobre las tablas del coso, de entre esos huecos hay uno que escapa a la imaginación y se sitúa al ras de suelo, entre el callejón y el desolladero, un hueco solo percibido por muy pocos, personas que sin traje de luces son capaces de torear sin capote, el espacio justo para que pase el objetivo de sus cámaras. Las plazas de toros tienen sus defectos, es algo normal.

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